sábado, 24 de octubre de 2015

¿Y qué hago yo aquí?

Pues esa es la pregunta que se repite una y otra vez dentro de mi cabeza.
Aquí no tengo un sitio donde refugiarme, con mi gente.
Aquí no tengo las mismas comodidades que en mi casa.
Aquí no conozco a absolutamente nadie de todas las personas que me cruzo en la calle cada vez que salgo.
Aquí no se a qué lugar ir a despejarme si en algún momento me agobio de mi nueva vida.
Aquí no puedo escribir a mis amigas por Whatsapp y, simplemente, quedar a tomar un café.
Aquí no puedo coger el coche e irme a comer a mis restaurantes preferidos, a las tiendas que me gustan o al cine donde ya conozco al que vende las entradas.
Aquí no me esperan a las 14 horas para comer ni me pegan un grito a las 22 horas para cenar.
Aquí no me puedo despreocupar del precio del alquiler, de si se ha terminado la sal y el azúcar o de si el agua caliente funciona mal.

Y viendo toda esta lista sin final sigo preguntándome… ¿qué hago yo aquí?

Por suerte, la respuesta no es tan complicada como parece. Supongo que en el mundo hay dos tipos de personas: los que no se complican la existencia, y los que sí. Lamentablemente para mi confort, yo soy de las segundas.
Me ha costado darme cuenta, pero sí, siempre me la he complicado yo sola. En muchas ocasiones he escogido el camino difícil y he hecho de un granito de arena una montaña entera. ¿Y por qué? Pues porque soy así, y punto.
Lo bueno de pertenecer a este grupo de personas y saber llevar tu propia condición, es el hecho de que sabes con certeza que, con un poquito de esfuerzo, todo en la vida sale hacia delante, incluso cuando parece que el camino se pone muy cuesta arriba.
Mi auto-ejemplo más claro se auto-demuestra (con perdón por la redundancia) con la Universidad. Cuando parecía que el mundo se iba a terminar por tener que hacer 1.000 trabajos y estudiar para 200 exámenes, al final todo salía bien. Y esos esfuerzos me dieron algo que es una de las cosas que más de enorgullecen de mí misma: mi título de Psicóloga.

Sería demasiado fácil para mi seguir el camino establecido. Pero me atrae lo desconocido y me llama lo complicado.

No saber qué autobús coger para ir a un lugar, no entender a la gente si me habla muy rápido, perderme si doblo varias calles y llego a un lugar que no conozco, no saber en qué consisten la mayoría de los platos que ofrece un restaurante si no llevan una fotografía, ser consciente de que están cobrándome más del precio real por comprar 2 tomates en el mercado por el hecho de tener cara de extranjera... Y así hasta el infinito.

¿Y qué pasa con esos momentos de derrumbe? Cuando todo te agobia, todo te irrita y viene esa pregunta: ¿qué haces aquí? Pues luchar, hacerlo contra mí misma y contra el mundo; ponerme en la perspectiva desconocida para muchos: emigrar de mi país, conocer el mundo. Quizá poca gente entienda mi perspectiva en la vida, pero así es, lo fácil es demasiado... fácil.
Por suerte, hace tiempo que una luz se encendió dentro de mí, hace tiempo que cambié mi mentalidad y conseguí ser un poco más optimista. Y es que es verdad... Si te propones algo, lo vas a conseguir, por difícil que sea y empinado que se ponga el camino.

Y ahora... Estoy en Ecuador y voy a simplificar el camino difícil que he escogido.


lunes, 12 de octubre de 2015

Mi Gran Wanderlust

Todos tenemos algo dentro de nosotros que nos mueve en la vida, que nos susurra el camino que nuestro corazón quiere seguir y que termina enseñándonos por dónde vamos a acertar en las elecciones que hagamos.
Ese "algo" no siempre nos pone las cosas fáciles ni se muestra en todo su esplendor desde siempre, pero sí vive en algún hueco recóndito, esperando que una fuerza interna le haga salir a respirar, a conocer el mundo, a coger las riendas de la vida y a ser el dueño de la propia existencia.

Yo siempre fui una niña normal, con una vida tranquila, con una familia acogedora y con una educación que escogería una y otra vez si pudiera hacerlo.
Siempre retumbó dentro de mi ese "algo" que me hizo crecer fascinada por el Mundo, por la necesidad de descubrirlo al ser el único planeta que visitaré, por la grandiosidad de lo que la Tierra ofrece a quienes vivimos en ella, por la sencillez de que existen tantas similitudes entre las personas como diferencias entre ellas, y por la curiosidad de ver qué podía ofrecerme a mi.

Hace años llegó a mi vida una palabra: Wanderlust. Y ese momento fue como un flechazo, como el Dogma que faltaba en mi interior. En cierto modo, hice de él mi religión, mi objetivo, mi desahogo y mi filosofía.
Son muchas cosas las que rodean a este hecho, pero aquí, en estas líneas, quiero centrarme en ello, porque es lo que me ha traído hasta donde estoy actualmente.

¿Y dónde estoy? Pues a más de 9.200 kilómetros de mi casa, al otro lado del Océano Atlántico, en Ecuador.

Y aquí comienza mi aventura...