Pues esa es la pregunta que se repite una y otra vez
dentro de mi cabeza.
Aquí no tengo un sitio donde refugiarme, con mi
gente.
Aquí no tengo las mismas comodidades que en mi casa.
Aquí no conozco a absolutamente nadie de todas las
personas que me cruzo en la calle cada vez que salgo.
Aquí no se a qué lugar ir a despejarme si en algún
momento me agobio de mi nueva vida.
Aquí no puedo escribir a mis amigas por Whatsapp y,
simplemente, quedar a tomar un café.
Aquí no puedo coger el coche e irme a comer a mis
restaurantes preferidos, a las tiendas que me gustan o al cine donde ya conozco
al que vende las entradas.
Aquí no me esperan a las 14 horas para comer ni me
pegan un grito a las 22 horas para cenar.
Aquí no me puedo despreocupar del precio del
alquiler, de si se ha terminado la sal y el azúcar o de si el agua caliente
funciona mal.
Y viendo toda esta lista sin final sigo
preguntándome… ¿qué hago yo aquí?
Por suerte, la respuesta no es tan complicada como
parece. Supongo que en el mundo hay dos tipos de personas: los que no se
complican la existencia, y los que sí. Lamentablemente para mi confort, yo soy
de las segundas.
Me ha costado darme cuenta, pero sí, siempre me la
he complicado yo sola. En muchas ocasiones he escogido el camino difícil y he
hecho de un granito de arena una montaña entera. ¿Y por qué? Pues porque soy
así, y punto.
Lo bueno de pertenecer a este grupo de personas y
saber llevar tu propia condición, es el hecho de que sabes con certeza que, con
un poquito de esfuerzo, todo en la vida sale hacia delante, incluso cuando
parece que el camino se pone muy cuesta arriba.
Mi auto-ejemplo más claro se auto-demuestra (con perdón por la redundancia) con la
Universidad. Cuando parecía que el mundo se iba a terminar por tener que hacer
1.000 trabajos y estudiar para 200 exámenes, al final todo salía bien. Y esos
esfuerzos me dieron algo que es una de las cosas que más de enorgullecen de mí
misma: mi título de Psicóloga.
Sería demasiado fácil para mi seguir el camino
establecido. Pero me atrae lo desconocido y me llama lo complicado.
No saber qué autobús coger para ir a un lugar, no entender a la gente si me habla muy rápido, perderme si doblo varias calles y llego a un lugar que no conozco, no saber en qué consisten la mayoría de los platos que ofrece un restaurante si no llevan una fotografía, ser consciente de que están cobrándome más del precio real por comprar 2 tomates en el mercado por el hecho de tener cara de extranjera... Y así hasta el infinito.
¿Y qué pasa con esos momentos de derrumbe? Cuando todo te agobia, todo te irrita y viene esa pregunta: ¿qué haces aquí? Pues luchar, hacerlo contra mí misma y contra el mundo; ponerme en la perspectiva desconocida para muchos: emigrar de mi país, conocer el mundo. Quizá poca gente entienda mi perspectiva en la vida, pero así es, lo fácil es demasiado... fácil.
Por suerte, hace tiempo que una luz se encendió dentro de mí, hace tiempo que cambié mi mentalidad y conseguí ser un poco más optimista. Y es que es verdad... Si te propones algo, lo vas a conseguir, por difícil que sea y empinado que se ponga el camino.
Y ahora... Estoy en Ecuador y voy a simplificar el camino difícil que he escogido.